Los días pasan y la novedad se va perdiendo, nos vamos
olvidando de las impresiones fuertes y, aunque las fronteras se han abierto un
poco más, Aylan Kurdi sigue muerto.
¿Qué queda tras la muerte del pequeño niño kurdo? Poco más
que desazón y la reafirmación de la cuasi-certeza de que la humanidad ha
fracasado en su intento de comportarse humanamente. La muerte de Aylan no ha
hecho más que recordarnos que caminamos de manera inconsciente, sin ir a parar
a ninguna parte en concreto, revolviéndonos en nuestros errores.
Y, tal vez, lo más difícil de procesar es que no es
precisamente la muerte del niño lo que ha sacado el peor lado de nosotros, sino
la cuestión acerca de la fotografía misma. La crisis de refugiados y la guerra en
Siria son realidades terribles que afectan a miles de personas, pero guerra ha
habido siempre, lo mismo que política, tan sucias y tan necesarias como se
quieran nombrar. La muerte de Aylan no ha hecho más que poner de manifiesto la
existencia y las problemáticas de ambas, podemos decir que incluso ha conmovido
a los más herméticos y despistados. Sin embargo, la fotografía como tal ha
develado el lado morboso, crudo y cruel de otros muchos, menos susceptibles a
lo que podríamos denominar el “sentimentalismo”.
¿Tomar o no tomar una fotografía? ¿Publicarla o no
publicarla? Fuera de que alguna de estas posibilidades esté bien o esté mal,
hay que pensar en los por qué. ¿Hasta qué punto tendríamos que haber llegado
para que la primera impresión al ver un niño muerto en la playa sea la de
disparar el obturador? No conozco a la mujer que capturó la imagen, ni estoy al
tanto de sus razones, pero para llegar a pensar de esa manera, sólo podrían
haber pasado dos cosas: o el compromiso político es demasiado grande o nos
hemos acostumbrado tanto a la guerra que perdimos la capacidad de asombro, y lo
que importa ya no está en el corazón sino en la cabeza y el bolsillo. Ruego por
que sea lo primero.
Pero pasemos de la decisión, supongamos con algo de
esperanza que el corazón que tomó la foto no haya sido el de una fotógrafa,
sino el de una activista con habilidad para la cámara. Una vez hemos capturado
el cuadro, ¿qué hemos de hacer con él? ¿Publicarlo o no publicarlo? ¿Qué tan
responsables somos de lo que suceda a partir de ese momento? Porque la decisión
ya se tomó, la foto está guardada pero, ¿qué hacer con ella? Una vez más, lo
correcto o incorrecto no reside en la opción que se elija, sino en la manera en
que se haga.
Si el caso de Aylan Kurdi sirve para mostrarle a la gente la
verdad y el horror de la situación, ¿por qué no hacerlo? ¿Por qué no publicar
la fotografía para que todo el mundo pueda verla y sacudirse por dentro? ¿Quién
trazó la línea que indica que un niño muerto ya es demasiado? El pequeño Aylan
ya está muerto y si podemos valernos de su ejemplo para hacer reaccionar al
mundo, entonces hay que tomar la oportunidad. Pero, en realidad, ¿el fin
justifica los medios? La exposición del drama de un hombre, el padre de Aylan,
ante el mundo, ¿es justificada? Hacerlo revivir su dolor con entrevistas,
filmaciones, fotografías y la imagen de su hijo dándole la vuelta al mundo,
haciéndole imposible escapar de ella, ¿es realmente necesario para que abramos
los ojos? Dolorosamente habría que decir que quizá sí.
Tal vez hemos llegado al punto del hastío respecto al dolor
de la guerra y el cinismo de los que ponen en funcionamiento la maquinaria. Tal
vez no como individuos, pero como humanidad hemos padecido tanto que nos
resulta difícil sorprendernos. Ya sea que vivamos el conflicto desde lejos o
esté a un par de casas de la nuestra, se nos ha vuelto tan propio y tan ajeno
al mismo tiempo que nos resulta difícil dejarnos afectar. Quizá la línea que
indicaba que un niño muerto ya era demasiado, había que cruzarla de manera
inevitable.
Pero, ¿con qué derecho decidíamos esto? ¿Qué autoridad
tenían la mujer que tomó la fotografía, los periódicos y los demás medios de
comunicación para bombardearnos con las imágenes del pequeño muerto sobre la
arena? Posiblemente ninguna, pero las cosas han dejado de ser cuestión de
derecho o autoridad. Hemos llegado al punto donde, aparentemente, se vale el
todo por el todo, donde necesitamos aferrarnos a cualquier tipo de cuerda que se
nos lance para recordar de qué se trata realmente ser humanos, para no olvidar
que el mundo es más que un conjunto de individuos y que el dolor ajeno puede
ser el propio.
Sin embargo, tampoco podemos limitarnos a mostrar al pequeño
sin vida en la playa. No podemos sacudirnos la responsabilidad y entregarle al
mundo algo tan cargado de significado como aquello y decirles: ahí tienen, lo
demás depende de ustedes. A pesar de que la fuerza de una imagen sea mayor a la
fuerza de mil palabras, no quiere decir que ésta sola valga más que las mil que
podrían haberla acompañado. Haber cruzado la línea significa haberse
comprometido con todo lo que aquello significa. Cruzar la línea y que valga la
pena significa hacerlo con respeto y responsablemente. No basta con entregar
una imagen al mundo, hay que hablar de ello, hay que hacerse oír, hay que
obligar a entender. No sólo hay que sacudir el corazón, sino también la cabeza.
No es suficiente dolerse por lo que sucede, hay que preguntarse por ello, hay
que hacer algo más que sentirse impotente y abrumado.
Es cierto, los días van pasando y la novedad se va agotando.
Nos vamos olvidando lentamente de lo que no nos afecta personalmente, le damos
la espalda a lo que se ha convertido en el día a día del mundo en el que vivimos
y nada va a cambiar que Aylan Kurdi sigue muerto.
Sin embargo, cuando Pablo Picasso pintó el Guernica, no
salvó a ninguno de aquellos hombres que murieron carbonizados. El dolor
plasmado en su obra no hizo que los muertos dejaran de estarlo, ni que quienes
los perdieron se sintiesen menos desolados. Ni Picasso ni el Guernica obraron
milagros. Sin embargo, la existencia de aquella pieza era necesaria, porque no
había otra manera de comunicar el horror tan grande que se había vivido
entonces y, aunque en Guernica todo continuaba estando en silencio, al menos a su
alrededor ya no lo estaba tanto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario