De espaldas a la noche, con la cabeza gacha y la sonrisa apenas apagada por el miedo, su silueta se recortaba contra el marco de la ventana. Era hermosa, la noche. ¿Y ella? Ella podía opacar las estrellas que comenzaban a encenderse con sólo abrir sus ojos.
Él, sobre la cama, con la cabeza entre las manos, recordaba cada momento con un estremecimiento. No se atrevía a mirarla, apenas si se atrevían, los dos, a soñar en silencio. Pronto sería tarde, se les iba agotando ya el tiempo, y vendría ahora la luz a reprocharles lo que, bajo el cobijo de la paciente luna, habían hecho. Pero, incluso si los vidrios a sus pies ya no podían ser unidos, todavía podían moverse entre las sombras, como dos fantasmas que recorren lo que habitaron alguna vez.
...
Cinco pisos de altura era una distancia insuficiente para escapar del miedo, y su alma ya se había escondido hacía mucho entre los pliegues de sus sueños. Para entonces era ya imposible detenerla, se había puesto a escribir como si no hubiese tiempo, como si no hubiese dolor ni pena.
Ni culpa.
Sentía como la locura se elevaba sobre las nubes y llenaba su cuerpo, su mente, sus sueños. El dolor no era nada comparado a la calidez que se extendía por toda su piel. La pena de abandonar (matar) un amor un tanto incierto, era tal vez muy pequeña comparada con el río de gozo que estallaba en su interior. La culpa... La culpa la envolvía con fuerza y le apretaba el pecho hasta casi asfixiarla. Su alma lloraba en silencio y reía por igual. Se sentía como una pequeña muñeca de trapo, abandonada a un destino demasiado joven e impulsivo.
Las sábanas, cubiertas de sudor y sangre, la miraban con reproche. ¿Quién era ella para quebrar en tantos pedazos los sueños de un alma que no le pertenecía? ¿Qué excusa podía ser afirmarse una y otra vez que ésta se había extraviado hasta perder la cordura (aunque jamás lo suficiente para soportarla y mantenerla)?
Calla, no es justo.
Pero lo era. Sabía que lo era. ¿Qué había hecho él por ella además de envolverla con sogas de seda y enseñarle a soportar, incluso desear, el dolor?
Calla, no era eso lo que él deseaba.
Era cierto. No era lo que deseaba, pero era lo que era. Lo que siempre había sido, lo que era cada uno de ellos de pie en esa esfera de miseria. Menos él, frente a ti.
¡Basta! ¡No sueñes con otro!
Ya no estaba segura de cuántas veces lo había intentado. Había querido morirse de alguien, pero jamás había encontrado a quién querer tanto. Uno y otro, y otro más. Todos acababan igual, exánimes a sus pies, con ese amor ponzoñoso regado por la habitación, rojo, muy rojo, muy muerto.
Y ella, ella los observaba en silencio, con lágrimas mudas, cargada de culpa, pero aún aferrando el gatillo con fuerza, sintiéndose sola, muy sola. Pero esta vez no. Esta vez sólo se aferraba con fuerza al marco de la ventana, sin levantar la cabeza y sin atreverse a mirarlo, porque esta vez no había sido ella quién había jalado el gatillo. Habían sido ambos.
Y a sus pies se encontraba un recuerdo borroso e inerte. Jamás podría volver a tener lo que ella le había entregado, jamás sería suyo de nuevo y esta vez la muerte no había venido veloz, sino lenta, muy lentamente, para esa pequeña alma que aún recorría la espiral descendente en la que se había convertido la tarde, mientras ella, cargada de culpa, giraba hacia arriba y lloraba. Y reía.
-No. Calla. No pienses. Dame sólo esta noche. Démonos sólo esta noche, para soñar, para entregar esos sueños a la locura. No llores más, ven.
Las luces en la ciudad comenzaban a encenderse, mientras sus sollozos se apagaban poco a poco, mezclándose con el viento que se colaba por las celosías.
Lo miró con la boca entreabierta y los ojos perdidos, rojos y cubiertos de lágrimas. Viajó hacia sus brazos, una distancia casi infranqueable entre el dolor y la esperanza. Pero viajó tratando de encontrar el sosiego que había perdido cuando supo que el mundo se desmoronaba a sus espaldas.
Una noche, eso era todo lo que le pedía. Sólo una noche para recorrer los callejones del sueño y abrazarse a la luna con fuerza, aferrarse al frío que calmaba el dolor. Una noche para olvidar lo que ambos habían hecho o tal vez para asirse a ello sin culpa, con orgullo.
Un simple salto, una distancia insalvable, ser cómplices en aquella huida de un mundo que ya no tenía sentido.
Promesas, tantas promesas y sueños.
Sus manos sobre su cuerpo, el gatillo en suspenso, la respiración entrecortada, el alma alzándose en vuelo.
Una noche para olvidar la traición a la pena que se había impuesto, para olvidar el amor que los había deshecho.
Una sola noche, por fin, para saltar al vacío, para sentir el vértigo de caer, de estar juntos y no arrepentirse.
…
Ella se separó de la ventana con lentitud temblorosa. Mientras el sol dejaba caer los últimos rayos sobre su cuerpo desnudo, las lágrimas se desvanecían poco a poco, a la vez que su piel recuperaba la calidez. En sus pupilas bailaba de nuevo esa pequeña luz que nunca se marchaba y que no desaparecería jamás, a pesar del dolor y la pena. La luna ya se alzaría pronto para acunarlos a ambos en el sueño despierto de la noche.
-Y ahora... -él extendió sus brazos para recibirla con ternura, con encendida ternura- Prométeme que si no morimos, buscaremos otro país, veremos otra luna, tendremos otros nombres, te reirás de nuevo y tendremos una barca frente al mar.
"...Frente al mar..."
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