viernes, 29 de abril de 2016

Lilium



La primera vez que vi Elfen Lied debía tener quince o dieciséis años. La serie como tal me agradó; hasta el momento había visto ya una buena cantidad de anime (no la enorme cantidad que he visto al día de hoy, pero sí bastante) y me pareció uno de los buenos que había visto hasta el momento. La serie como tal es algo… particular, por llamarla de algún modo (al menos para quienes no están acostumbrados al género). Contaba con un buen número de características reconocibles y comunes para el anime en sí, pero tenía unas pequeñas diferencias que la hacían especial, o al menos yo veía ciertas diferencias que la convertían en una pieza particular de la animación japonesa. Supongo que en aquel momento el resto de las personas también las encontraban, porque era una de las favoritas y de las que más sonaban cuando se empezaba a hablar del tema. Sin embargo, ahora no cuenta con la misma reputación; supongo que se ha vuelto muy común, muy mainstream, como la llaman ahora casi todos los que la mencionan. A pesar de la opinión pública, tengo un buen recuerdo de ella, y me sigue llamando la atención por las cosas que encontré personalmente. Uno de estos encuentros personales es precisamente el opening: Lilium.

Lo primero que me llamó la atención fue la música. La melodía aún da vueltas en mi cabeza cuando entro en esas tardes lluviosas en las que a uno le da por acordarse de la adolescencia y de las cosas que lo marcaron para toda la vida. Pero la melodía no era sólo el ritmo, la melodía tenía una letra y la letra estaba en latín y su significado era hermoso. Algo más o menos así:

Lilium/Lirio
                                 Latin                                                           Español

     On iiusti meditabur sapientam                                La boca del justo meditara sabiduria
     Et lingua eius loquetur ludicum                              Y su lengua dictara un juicio
                                             (De Salmos , 27,30 - Os Lusti)
    Beatus Vir Qui Suffert Tentationem                      Dichoso el hombre que soporta la tentacion
    Quoniam cum Probates                                        Pues tras ser probado  
    Fuerit acipiet coronam vitae                                  Recibira la corona de la vida
                                            (De la Epistola de Santiago 1-12)
   Kyrie, Ignis divine, Eleison                                     Señor, fuego divino, ten piedad
                        (Kyrie Eleison, traduccion latina del Κύριε ἐλέησον Griego)
   O, Quam Sancta, Quam Serena                            Oh, cuan santa, cuan serena
   Quam Benigna, Quam Amoena                             Cuan benigna, cuan hermosa  
   O, Castatis Lilium                                                  Oh, Lirio de la Castidad
                                        (Del Aves mundi Spes Maria)

La letra estaba compuesta de diversos pasajes de la biblia y cantos religiosos y, para aquel entonces, era algo que yo necesitaba desesperadamente. Pero no se trataba solamente de la melodía. El opening completo era algo que me obligaba a sacudirme más que un poco, era una unidad entre música, letra e imagen.

Tengo que reconocer que en ese momento de mi vida no sabía mucho del tema (aún no sé demasiado de todas formas), pero las imágenes que se arrastran junto a la melodía en la canción, son representaciones de diferentes obras del pintor austriaco Gustav Klimt. No puedo estar segura del por qué se usaron sus pinturas como referencia para las imágenes del anime, pero sí puedo asegurar que lograron sacudirme desde el primer momento en que me encontré con ellas.

La Satisfacción

Retrato de Adele Bloch-Bahuer I

Retrato de Mada Primavesi

Las tres edades de la mujer

El beso

Serpientes acuáticas

Danae

El contraste del opening con el contenido de la serie era bastante fuerte. Elfen Lied trata, hasta cierto punto, de la extinción de la raza humana, o al menos del intento de los diclonius (una especie exclusivamente femenina que busca reproducirse mientras reduce la población humana hasta el mínimo para apoderarse del planeta) por conseguirlo. El anime en cuestión se desarrolla como una animación rápida que contiene una gran cantidad de escenas violentas. Sin embargo, eso no es todo lo que hay allí y Lilium lo deja claro desde el principio.

La línea central de la historia gira en torno a Lucy, una diclonius que escapa del centro de investigación en que el gobierno japonés la mantenía cautiva. Debido a la conmoción del escape, Lucy genera una doble personalidad que esconde su lado diclonius, anulando el instinto de acabar con la humanidad. La chica es acogida entre humanos y se adapta a una vida diferente, aprendiendo sus costumbres y creando lazos con las personas. Esta nueva personalidad entrará en conflicto con su primera naturaleza, que pugna por recuperar el control.

Lucy es la chica que retrata el opening en la mayoría de sus imágenes, la modelo que se usa para reproducir las obras de Klimt. He de reconocer que nunca he sido demasiado buena para realizar críticas de arte, no me permito asegurar si era esto o aquello lo que el artista estaba intentando retratar en sus obras, aunque sí puedo intentar explicar qué causaban ellas en mí.

Para el primer momento en que me encontré con Elfen Lied no sabía quién era Gustav Klimt y no pude reconocer la obra con la que Lilium daba apertura a la serie. Había algo en mi cabeza que intentaba encontrarle un puesto a aquellos colores brillantes y a la muchacha abrazada por ellos, pero no terminaba de encontrar el lugar concreto. “¿Dónde la había visto antes? ¡Estoy segura de que ya la había visto en alguna parte!” Mi cabeza intentaba hallar a toda prisa la referencia apropiada para lo que acababa de ver, pero no lo conseguía, sólo me despertaba sensaciones de familiaridad y extrañeza al mismo tiempo. Alberto Manguel habla en su texto de dos opiniones acerca del conocimiento que son realmente similares, aunque se formulen de una manera diferente: por su parte, Platón piensa que todo conocimiento es sólo recuerdo y, para Salomón, toda novedad es sólo olvido.

¿A qué se debía aquella sensación apremiante de reconocer la imagen de Lucy en algún otro lugar, almacenada en algún otro compartimiento de mi memoria? ¿Se trataba sólo acaso de que en algún momento ya me había topado con la obra de Klimt y la recordaba? ¿O se debía en realidad a que aquella imagen había nacido conmigo, memoria de generaciones, y ahora sacudía el nervio de los recuerdos? No estoy demasiado convencida de que ver la obra “La satisfacción” del pintor austríaco me hubiese causado la misma sensación que me despertó aquella Lucy representación de la representación original. Pero esta inseguridad tampoco es razón suficiente para afirmar que el conocimiento no es, en realidad, reconocimiento.

Si la obra de Klimt no me causa una sensación semejante, se debe precisamente a que yo misma estoy compuesta por imágenes y que de esas imágenes compongo mi mundo. “La satisfacción” no podría haber cobrado el mismo significado para mí porque, dentro de mi construcción personal de mundo, no habría podido encontrar muchas cosas que sí encontré en la Lucy sumergida en espirales doradas. Pero cómo, por Dios, ¿cómo puede una imagen de una caricatura despertarme sensaciones más fuertes que una obra clásica del arte? ¡Herejía!

En la obra de Klimt encuentro sensaciones similares a las que se despiertan cuando observo a Lucy, pero no puedo reconocerme en ella. Tal vez ahora pueda verla un poco diferente y halle cosas que antes no pude, pero en aquel momento la obra de Klimt me parecía fría, distante, opaca; mientras que Lucy, para mí, era hermosa. Hermosa y triste. La chica cuyo cabello rosa le caía hasta los pies me sacudía por dentro, porque en ella yo no veía la paz que ahora puedo encontrar en “La satisfacción”, incluso cuando percibía cierta calma en ella, sentía angustia, sentía pena, sentía una desesperada necesidad de aferrarse al tejido dorado para no perderse entre las espirales que lo llenaban todo. Lucy no descansaba en los brazos de su amante, agonizaba en ellos, se aferraba con la poca fuerza que le quedaba, a pesar de que incluso allí se sentía insegura, se sentía extraña y ajena a todo lo que la rodeaba, porque no era parte de ella, porque no podía fundirse con ello.

Hay algo que separa a Lucy de la mujer de “La satisfacción” inevitablemente: está desnuda. La mujer de la obra de Klimt lleva un vestido de flores que le entrega una capacidad de camuflarse con todo lo que la rodea, mientras que Lucy se encuentra indefensa, sin nada que la oculte del mundo. A diferencia de la mujer de Klimt, que se encuentra en paz con lo que la rodea, Lucy no puede encontrar sosiego. Incluso envuelta en los brazos de su amante, Lucy se siente juzgada por los miles de ojos que se esconden entre los pliegues dorados del mundo que habitan. “La satisfacción” está hecha de espirales, así como la imagen de Lucy en Lilium; sin embargo, las espirales de Lucy ocultan miradas.

No puedo saber si la trama del vestido del hombre en la obra de Klimt pretende esconder ojos o no; el estilo simbolista es algo sumamente complejo y la interpretación depende en un grado demasiado alto de lo que pueda ver el sujeto que interpreta la obra, por lo que no puedo simplemente asegurar cuál era la intención, a lo sumo puedo realizar ciertas aproximaciones. Y es desde éstas desde las que me es posible encontrar el contraste entre vestido y fondo: las espirales del cuadro de Klimt no esconden más que curvas, mientras que el fondo (el mundo) de Lucy está plagado de ojos. No importa con cuanta fuerza se aferre a su amante ni qué tanto intente esconderse, Lucy se siente juzgada invariablemente porque no hace parte del mundo que la rodea: Lucy no es humana y no puede esconderlo por siempre. Su naturaleza está desnuda ante los ojos de la persona que ama y de un mundo que no es el suyo, y por ello es juzgada constantemente.

¿Quién es Lucy? ¿Cuál de las dos Lucy que habitan su cuerpo y su mente es la Lucy real? ¿Es verdaderamente justo hacerse esas preguntas? Después de todo, ¿cómo es posible afirmar que una de las personalidades es más real que la otra? Ambas la habitan, ambas la conforman, ambas se sienten llamadas por algo y actúan en consecuencia a ello.

La chica del cabello rosa está encerrada en una imagen con la me topé por 23 segundos. Lucy pasó por la pantalla de un computador durante menos de medio minuto y a mí se me encogió el pecho como si ya la hubiese visto sufrir y amar y vivir, aunque ella misma tampoco fuese real, aunque sólo fuese un personaje de una historia que jamás habitó la corporeidad del mundo. Pero yo sí que la habité, yo sí que hago parte del mundo y de lo que considero real. Y Lucy, Lucy era un espejo para una chica de quince años que se sentía desnuda ante un mundo que aún hoy le es desconocido.

miércoles, 6 de abril de 2016

Noche Rojo


Noche, noche rojo, noche hecho de gotas de café y de rocío de clavel
álzame en tus brazos y sumérgete en mi piel.
Sosténme tiernamente entre tus cabellos azabaches
y duérmete tranquilo sobre mis níveos valles.

Noche tan tranquilo y agitado,
¿qué te dicen los suspiros que se escapan de mis labios?
Acaso si aún respiro lo hago sólo por tu aliento
que acaricia mis lamentos mientras se unen con el viento.

Agonía deliciosa de la noche siempre roja,
descendiendo dulcemente de la cordura me despojas.

Se hace, pues, el delirio lo único real
que queda entre las manos del momento intemporal.

Así me pierdo lentamente entre tus lunas para siempre
alimento suficiente hasta la hora de mi muerte.

Tránsfugas




De espaldas a la noche, con la cabeza gacha y la sonrisa apenas apagada por el miedo, su silueta se recortaba contra el marco de la ventana. Era hermosa, la noche. ¿Y ella? Ella podía opacar las estrellas que comenzaban a encenderse con sólo abrir sus ojos.

Él, sobre la cama, con la cabeza entre las manos, recordaba cada momento con un estremecimiento. No se atrevía a mirarla, apenas si se atrevían, los dos, a soñar en silencio. Pronto sería tarde, se les iba agotando ya el tiempo, y vendría ahora la luz a reprocharles lo que, bajo el cobijo de la paciente luna, habían hecho. Pero, incluso si los vidrios a sus pies ya no podían ser unidos, todavía podían moverse entre las sombras, como dos fantasmas que recorren lo que habitaron alguna vez.

...

Cinco pisos de altura era una distancia insuficiente para escapar del miedo, y su alma ya se había escondido hacía mucho entre los pliegues de sus sueños. Para entonces era ya imposible detenerla, se había puesto a escribir como si no hubiese tiempo, como si no hubiese dolor ni pena.

Ni culpa.

Sentía como la locura se elevaba sobre las nubes y llenaba su cuerpo, su mente, sus sueños. El dolor no era nada comparado a la calidez que se extendía por toda su piel. La pena de abandonar (matar) un amor un tanto incierto, era tal vez muy pequeña comparada con el río de gozo que estallaba en su interior. La culpa... La culpa la envolvía con fuerza y le apretaba el pecho hasta casi asfixiarla. Su alma lloraba en silencio y reía por igual. Se sentía como una pequeña muñeca de trapo, abandonada a un destino demasiado joven e impulsivo.

Las sábanas, cubiertas de sudor y sangre, la miraban con reproche. ¿Quién era ella para quebrar en tantos pedazos los sueños de un alma que no le pertenecía? ¿Qué excusa podía ser afirmarse una y otra vez que ésta se había extraviado hasta perder la cordura (aunque jamás lo suficiente para soportarla y mantenerla)?

Calla, no es justo.

Pero lo era. Sabía que lo era. ¿Qué había hecho él por ella además de envolverla con sogas de seda y enseñarle a soportar, incluso desear, el dolor?

Calla, no era eso lo que él deseaba.

Era cierto. No era lo que deseaba, pero era lo que era. Lo que siempre había sido, lo que era cada uno de ellos de pie en esa esfera de miseria. Menos él, frente a ti.

¡Basta! ¡No sueñes con otro!

Ya no estaba segura de cuántas veces lo había intentado. Había querido morirse de alguien, pero jamás había encontrado a quién querer tanto. Uno y otro, y otro más. Todos acababan igual, exánimes a sus pies, con ese amor ponzoñoso regado por la habitación, rojo, muy rojo, muy muerto.

Y ella, ella los observaba en silencio, con lágrimas mudas, cargada de culpa, pero aún aferrando el gatillo con fuerza, sintiéndose sola, muy sola. Pero esta vez no. Esta vez sólo se aferraba con fuerza al marco de la ventana, sin levantar la cabeza y sin atreverse a mirarlo, porque esta vez no había sido ella quién había jalado el gatillo. Habían sido ambos.

Y a sus pies se encontraba un recuerdo borroso e inerte. Jamás podría volver a tener lo que ella le había entregado, jamás sería suyo de nuevo y esta vez la muerte no había venido veloz, sino lenta, muy lentamente, para esa pequeña alma que aún recorría la espiral descendente en la que se había convertido la tarde, mientras ella, cargada de culpa, giraba hacia arriba y lloraba. Y reía.

-No. Calla. No pienses. Dame sólo esta noche. Démonos sólo esta noche, para soñar, para entregar esos sueños a la locura. No llores más, ven.

Las luces en la ciudad comenzaban a encenderse, mientras sus sollozos se apagaban poco a poco, mezclándose con el viento que se colaba por las celosías.

Lo miró con la boca entreabierta y los ojos perdidos, rojos y cubiertos de lágrimas. Viajó hacia sus brazos, una distancia casi infranqueable entre el dolor y la esperanza. Pero viajó tratando de encontrar el sosiego que había perdido cuando supo que el mundo se desmoronaba a sus espaldas.

Una noche, eso era todo lo que le pedía. Sólo una noche para recorrer los callejones del sueño y abrazarse a la luna con fuerza, aferrarse al frío que calmaba el dolor. Una noche para olvidar lo que ambos habían hecho o tal vez para asirse a ello sin culpa, con orgullo.

Un simple salto, una distancia insalvable, ser cómplices en aquella huida de un mundo que ya no tenía sentido.
Promesas, tantas promesas y sueños.
Sus manos sobre su cuerpo, el gatillo en suspenso, la respiración entrecortada, el alma alzándose en vuelo.
Una noche para olvidar la traición a la pena que se había impuesto, para olvidar el amor que los había deshecho.
Una sola noche, por fin, para saltar al vacío, para sentir el vértigo de caer, de estar juntos y no arrepentirse.



Ella se separó de la ventana con lentitud temblorosa. Mientras el sol dejaba caer los últimos rayos sobre su cuerpo desnudo, las lágrimas se desvanecían poco a poco, a la vez que su piel recuperaba la calidez. En sus pupilas bailaba de nuevo esa pequeña luz que nunca se marchaba y que no desaparecería jamás, a pesar del dolor y la pena. La luna ya se alzaría pronto para acunarlos a ambos en el sueño despierto de la noche.

-Y ahora... -él extendió sus brazos para recibirla con ternura, con encendida ternura- Prométeme que si no morimos, buscaremos otro país, veremos otra luna, tendremos otros nombres, te reirás de nuevo y tendremos una barca frente al mar.

"...Frente al mar..."